Thursday, September 28, 2006

Reflexiones de madrugada

A veces, casi sin darnos cuenta, nos asaltan temores que no esperábamos. Todo lo que parecía ser un remanso de paz de pronto se convierte en una jungla dispersa que nos confunde y nos arrastra hacia miles de millones de dudas e incertidumbres. Sería bueno saber qué extraño mecanismo impera en la mente humana para que, en situaciones extremas de agotamiento, soledad, o tristeza, haga aflorar verdaderas inquietudes que pueden robarnos el sueño. Cuando en ocasiones la luz comienza a escasear para ser devorada por la insondable oscuridad (que es lo único que existe que cuanto más crece, menos visible es) irracionales pánicos pueden asolarnos. ¿Habrá alguien vigilándome? ¿Estaré verdaderamente solo en casa?
Estos pequeños e irracionales miedos pueden reproducirse y generar miedos existenciales más irracionales... el miedo a la soledad, el miedo a la mentira, el miedo a la muerte... Todos ellos provocados por la certeza de que cualquiera de sus consecuencias nos heriría en grado extremo, lo que nos lleva al principal de los miedos: el miedo al dolor, el miedo a sufrir.
Este dolor, este sufrimiento, es lo único que es repudiado unánimemente por todos los seres, racionales e irracionales, pues todos sabemos la reacción de, por ejemplo, un perro, si le acercamos al fuego. Nadie, ningún ser vivo, desea para sí ni para sus allegados ninguna clase de sufrimiento, inevitable por otra parte en muchas ocasiones. En definitiva, la conclusión de todo esto supongo que habría de ser que no nos dejemos llevar por miedos irracionales que sólo nos generarán un estado de ansiedad que nos conducirá al agravamiento de nuestros propios y subyacentes problemas, por lo cual, mejor mantener la cabeza fría para evitarnos el sufrimiento, y para evitárselo a quienes amamos y nos aman.

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