Saturday, September 30, 2006

El silencio

Avanzan, como cada noche, incesantes, inagotables, ineludibles, las horas. Cierras los ojos y tratas de sentir el vacío acústico de la noche... todo lo invade el silencio, ese silencio mortificante, que puede llegar a atronar como el mayor de los estruendos, y vuelves a abrir los ojos y observas como a tu alrededor la quietud lo preside todo...
Entonces es cuando empiezan a llenar tu cabeza los recuerdos de lo acontecido durante el día... Piensas, recuerdas, sólo recuerdas, pues no es necesario ni pensar para hacer el repaso visual de lo que ha sido la última jornada. Vuelves a cerrar los ojos y miras sin ver: Euforia, alegría, seguida de cierto pesimismo y momentos de ansiedad, discusiones que jamás deberían haber existido, o tal vez sí, para hacerte saborear el dulce sabor de la reconciliación... después soledad, aburrimiento, al que siguen nuevos momentos de euforia y bienestar de mirar a los ojos a quien amas... para acabar de nuevo en la angustiosa soledad que acaba presidiendo todas las insomnes madrugadas... y sobre todo, silencio...
Ese silencio que golpea, que tratas de asesinar a base de música, pero que ésta rebota contra el en un tan infatigable como inútil intento de romperlo...
Silencio que acaba haciéndote su prisionero, y que sabes que es el principio del fin de tu día, y que más tarde o más temprano tendrá que llevarte de la mano hasta el placentero sueño, pero que hasta ese preciso y precioso momento, te mantendrá secuestrado y torturado, con el atronador estruendo de su silencio...

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